Mis comentarios ...

  SOR ÁNGELA DE LA CRUZ, SANTA (II).

 

 

 

EL CARISMA DE SANTA ÁNGELA DE LA CRUZ

 

 

Sabido es que por carisma se entiende aquel don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad y, consecuentemente, esa especial capacidad de la que hace poseedora a dicha persona, por la que producen una particular atracción o fascinación en quienes tienen conocimiento del mencionado carisma y de la persona que lo porta. 

Santa Ángela de la Cruz fue en su tiempo (1846- 1932)  una mujer carismática, ¡y con qué pujanza! Santa Ángela de la Cruz sigue subyugando con su carisma en la actualidad a muchas mujeres y hombres, un carisma actualizado constantemente en su persona admirabilísima y en el testimonio perenne de sus hijas. Todo santo es un carismático, mas no todos tienen el mismo carisma, ni esto es característica exclusiva de los santos canonizados por la Iglesia. Diríamos que todos los que son están, pero no están todos los que son. Así de grande es la misericordia de Dios que da sus dones dónde, cómo y cuándo quiere. 

Algo hay, sin embargo, en Santa Ángela de la Cruz de desbordante, de manantial incontrolado, de misterio inaccesible, de imán entrañable. Parece que en ella se le fue un tanto a Dios el tarro de los aromas, y la criatura supo estar a la altura de la gratuidad de Dios, su Creador y Hacedor. 

La verdad es que cuando uno se acerca a la personalidad de Santa Ángela de la Cruz diría que, de alguna manera, ya se va condicionado, no por un determinismo trasnochado, sino por el atractivo que ejercen aquellas palabras de las Sagradas Escrituras: “... por sus obras los conoceréis”. Lo primero por tanto que nos lleva a la Santa es el “olfato”. Hay en ella tales aromas de autenticidad, tanta exaltación de lo que una criatura de Dios es capaz de realizar, tanta entrega incondicional, tanta generosidad, tanta gratuidad, tanta gracia de Dios encarnada, que del corazón brota la admiración, la simpatía, el deseo de imitación, y el canto de alabanza: “Bendito seas, Señor, en tus ángeles y en tus santos”. 

Acabado quedó el testimonio personal de Santa Ángela de la Cruz; y la Iglesia la canoniza como una vida de santidad, como una discípula fiel de Jesucristo el Señor, cuyo postura vital nos lleva a Él. Sus escritos (Escritos íntimos y Cartas a sus Hermanas) nos conducen, sin embargo, a la interioridad de sus vivencias, a algo tan importante como es su mundo interior. 

Se dice que cantar es orar dos veces. Diría que escribir es dar más oportunidades para que se pueda entrar en el arca de la interioridad personal, porque las palabras orales responden más a reacciones instintivas y puntuales, mientras que las palabras escritas expresan con más nitidez lo que son los pensamientos y los sentimientos habituales y duraderos. Que más tienen aquellas de acto, y estas de hábito. 

Los escritos de Sor Ángela de la Cruz tienen además varias particularidades a tener en cuenta para su correcta lectura y comprensión. Culturalmente, parte de cero en toda la afirmación que la palabra tiene: adolece de las herramientas lingüísticas elementales, su bagaje cultural es el de una chica de pueblo (del último tercio del siglo XIX, además) y sus conocimientos teológicos o de espiritualidad quedan reducidos a los sermones que pudo escuchar en las iglesias de la Sevilla de la época. 

No se ha perder de vista que en la época de Santa Ángela de la Cruz la Iglesia había heredado de la primera mitad del siglo XIX  el fenómeno de una descristianización creciente de la sociedad y debía de enfrentarse a períodos revolucionarios y de persecuciones, al enciclopedismo y la incredulidad, a los estertores de las viejas reacciones del  espíritu volteriano de los afrancesados, a las denominadas “sectas secretas” (“Sociedad de caballeros comuneros” o la  masonería) así como al racionalismo y materialismo ideológico. Todo ello hizo que los eclesiásticos y seglares católicos respondiesen a dicha situación con una estrategia apologética, surgiendo apologistas reconocidos como el dominico P. Vidal, o el capuchino P. Vélez, o personajes como Jaime Balmes  o Donoso Cortés, así como revistas con la clara intencionalidad de responder al clima cultural antieclesiástico como fueron  “El Católico” de Madrid o “La Religión” de Barcelona. 

Si esto se producía en la nación toda, al igual sucedía en Sevilla, por lo que Santa Ángela de la Cruz, más que profundas lecciones de teología, es previsible que escucharía en más de una ocasión encolerizados sermones apologéticos, a la defensa pura y dura de los valores religiosos atacados (y es de justicia reconocer que, en no pocas ocasiones, de los desmedidos privilegios de que gozaban los eclesiásticos). 

Se ha de tener en cuenta, además, que Santa Ángela de Cruz no escribe para dar a conocer su pensamiento a la opinión pública, sino que lo hace para abrir su alma a su director espiritual, en una primera etapa, y para orientar a sus Hermanas, en una etapa posterior, por lo que sus escritos están constituidos (como atrás quedó recogido)  exclusivamente por “Escritos íntimos” o “Cartas”. Los primeros, dirigidos a su director espiritual; y las segundas, a sus Hermanas o a otras personas de su entorno. Nunca para que fueran publicados. 

 

De ello saco la conclusión de que en tales escritos aparece la auténtica personalidad de Santa Ángela de la Cruz. ¡Y qué grandeza, Dios, qué grandeza! ¡Qué grandeza de mujer! ¡Qué grandeza de santa! ¿Cómo es posible, Dios mío, que con el bagaje que atrás quedó descrito, la zapaterilla, “la que es algo más que negra”, la casi analfabeta, llegue a escribir páginas y páginas de tan profundas experiencias de ascética y de mística cristianas enlazando, y con un nivel inexplicable racionalmente, con lo mejor de la tradición ascética y mística de la literatura española. 


26/04/2016

  SOR ÁNGELA DE LA CRUZ SANTA (I).

 

 

 

SOR ÁNGELA SIEMBRA EL ROSAL DE LA CRUZ EN SANLÚCAR DE BARRAMEDA

 

1909  fue un año de gracia para la Ciudad, una Ciudad hermanada también con la capital hispalense en su esencialidad barroca. Sanlúcar de Barrameda, la otrora villa de los Medinasidonia, apareció siempre y en muchas de sus manifestaciones como una Sevilla en miniatura. Lo había venido siendo desde mucho tiempo atrás. Sevilla tenía la suntuosa corte de los Montpensier, Sanlúcar desde mediados del siglo XIX la “corte estival” de dichos señores. En Sevilla compatibilizaban la Ciudad linajuda, hacendada, de personajes ilustres y nobiliarios, con la Sevilla de los suburbios, de los arrabales, de los patios de vecinos, en los que habían tomado posesión la miseria, la incultura y el abandono. Era la Sevilla de las cruces humanas encarnadas, a las que las Hermanas de las Cruz llevaban el bálsamo de la alegría, de la limpieza, de la gracia, y de la ayuda material: “una mano para recoger, la otra para entregar”.

Ambas caras se daban asimismo en la Sanlúcar de principios del siglo XX. Por una parte, en la superficie de la Ciudad, la que aparece reflejada en los documentos de la época,  se alza una Sanlúcar tranquila, próspera y desproblematizada (Heraldo de Sanlúcar, edición de 7 de febrero de 1902): ricos productos agrícolas; la manzanilla conocida y apreciada por todos; abundantes pastos para el ganado y reconocida producción de sal; fábricas de aguardientes y licores, de harina y de jabón; buena industria pesquera; productivo comercio de vinos, licores y aguardientes;  y exportación de sus abundantes frutas. Aunque vivir en la Ciudad resultaba  caro, los visitantes se deshacían en elogios afirmando de ella: “pedazo de gloria que Dios ha puesto en el sur”, “tan buena como San Sebastián”, “playas, paseos, fondas, calles y calzadas inmejorables”,los festejos de agosto cuestan al Ayuntamiento 50.000 pesetas”. Todo es descrito como un encanto de hermosura, esplendidez y buen gusto”. 

Era la cara idílica y elitista de la parte superior del cuadro barroco de la Ciudad. A sus pies, se encontraba la Sanlúcar real, la del pueblo. La sociedad sanluqueña estaba perfectamente estratificada: una oligarquía minoritaria de terratenientes y bodegueros, una pequeña burguesía alejada de los focos del poder, y un proletariado, casi en su totalidad campesino, sometido a unas inhumanas condiciones de vida: paro, hambre, bajísimo nivel salarial, miseria, incultura, familias hacinadas en lúgubres habitaciones apiñadas junto a un patio de vecinos, con carencia total de lo más elemental para mal vivir. 

A esta Sanlúcar “barroca” es a la que arriba un buen día Sor Ángela de la Cruz con su tropa de Hermanas de la Cruz, sin más equipaje que su pobreza, su penitencia, su sentido de Dios y su amor incansable a los más desgraciados de la sociedad. Ayudada por el padre Torres, Ángela de la Cruz había fundado su Compañía en la Ciudad de Sevilla en dos de Agosto de 1875. Habían potenciado la fundación sanluqueña el incansable predicador por todas las tierras de Andalucía, padre Francisco Tarín Arnau (Valencia, 1847 – Sevilla, 1910), por una parte, y Francisco Picazo Núñez, benemérito sanluqueño, reconocido además por la fundación del Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y por una hospedería en la Calle Carril de San Diego, donde durante algún tiempo  se prestó atención a los pobres y desvalidos que a ella acudían. Reproduzco, pues se trata de un bello retrato costumbrista, pleno de riqueza y contenido, la descripción que de la fundación sanluqueña realizó la secretaria general de la Compañía por aquel entonces: 

“Mucho tiempo hacía que se estaba gestionando una fundación en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), que al fin llevóse a efecto inaugurándose el 31 de agosto de 1909. 

Interesándose en ella, escribió a nuestra Madre (a Sor Ángela) una breve, pero expresiva carta, el entonces famoso misionero jesuita Reverendo Padre Tarín que empieza con estas palabras: ´Cuánto ame este pobre ministro del Señor la Compañía de las Hermanas de la Cruz, consta a V.R. por este gran deseo que tengo de que sean conocidas en todo el mundo ´. Y después de manifestar el gusto con que vería la fundación de Sanlúcar y que el Señor Don Francisco Picazo estaba dispuesto a no perdonar gasto ni diligencia para conseguirla, termina: ´Encomiéndeme a Dios y ruegue a las Hermanitas que no olviden en sus fervientes oraciones al pobrecillo misionero Padre Tarín ´.  

Antes de la inauguración, fueron las Hermanas para arreglar todo lo necesario, y al llegar encontraron las tarimas en el patio, la casa ausente de la más elemental  limpieza y sin muebles de ninguna clase; así que por primera providencia mandaron a comprar escobas y empezaron a barrer, sacudir, deshacer los envoltorios enviados y ordenar lo más indispensable; pero al intentar preparar la comida encontraron en la cocina que a los huecos para guisar les faltaba la correspondiente hornilla. El Fundador, D. Francisco Picazo les había mandado un hombre de su confianza para que hiciera los primeros mandados que se les ofrecieren, y gracias a ello pudieron arreglar lo más preciso, pues los vecinos que habían habitado la casa la dejaron completamente desmantelada. Pero donde únicamente sintieron ellas pena por la suma pobreza, fue en el Oratorio, que hubieran deseado disponer y adornar mejor. Lo pusieron esmeradamente limpio, pero estaba tan pobre, que por candeleros y floreros hubieron de utilizar botes de cristal llenos de arena, en los cuales pusieron las flores y las velas. Como la población es bastante grande y la iglesia está muy apartada, nadie se dio cuenta de la llegada de las hermanas, ni acudieron a ofrecerse y prestar ayuda en los primeros momentos, como ocurre en la mayoría de las fundaciones. En la mañana del día señalado, fueron las Hermanas a la iglesia de los Padres Escolapios que está en la misma plazoleta del convento, confesaron con el Rvdo. P. Tarín, que había querido oficiar en la función inaugural y volvieron a la casa, donde el Padre dijo la Santa Misa, dio la Sagrada Comunión a las Hermanas, dejó a Su Divina Majestad en el Sagrario (cantando las Hermanas un motete) y se despidió manifestándose muy complacido por ver llevada a efecto la fundación. 

Los Padres Escolapios, que hasta verlas aquella mañana en su iglesia no supieron la llegada de las hermanas, se llevaron invitado aquel día al P. Tarín y a D. Francisco, y ellas estuvieron acabando de arreglar detalles de la casa, deseosas de empezar cuanto antes sus ministerios. En la tarde del mismo día, el Sr. Arcipreste de aquella población les erigió el Vía-Crucis en el Oratorio. 

El primer enfermo que visitaron fue uno que vivía en las afueras de la población, al cual las mandó Don Francisco. Era un pobre obrero con ocho hijos, que de resultas de una mojada, por salvar al más pequeño que se le cayó en una alberca, cogió un catarro de mal género que a la larga degeneró en tuberculosis y se encontraba en sumo desamparo y necesidad. Las hermanas lo visitaron mucho tiempo diariamente, procurándole alimentos, medicinas y cuantas comodidades le pudieron proporcionar; se llevaron a tres de las hijas pequeñas dejándole a la mayor para que le ayudara a la madre; colocaron a los niños y se ganaron de tal modo el afecto de toda la familia, que el enfermo recibió antes de morir todos los auxilios espirituales con gran deseo de su alma y edificación de los presentes, y la mujer y los hijos han conservado inviolable el agradecimiento y cariño a las Hermanas. 

Hasta que no empezaron sus actuaciones con los enfermos no se dio cuenta la población de la presencia de las hermanas, y sus primeros pasos les aseguraron el respeto y admiración de todos. Nuestra Rvda. Madre (se refiere a Santa Ángela de la Cruz), después de disfrutar grandemente con los detalles de pobreza que acompañaron a esta fundación en sus comienzos y habiendo alentado a sus hijas y dádoles compañía, volvió a Sevilla muy contenta del nuevo campo en que habían de ejercitar su actividad y celo. Aquella casa adoptó por santo protector a S. Pedro de Alcántara, y se fundó con diez Hermanas, dedicadas a la visita de enfermos, colegio de externas y además el internado de huérfanas, que oscilan entre veinte y veinticinco”. 

Así. Así de sencillo. El rosal de penitencia donante de amor que un día sembrara Angelita para atender a los pobres y desvalidos de la Ciudad de Sevilla había llegado a Sanlúcar de Barrameda. Transformarían su casa poco a poco en un nuevo calvario de amor. Con las limosnas del vecindario, labrarían su modesta capilla (1916) con olor a cenáculo, con humildad dignificadora, con silencio apelativo y mística simbología que invita a introducirse en un encuentro con Dios que lleva a ver la realidad de este mundo desde una perspectiva completamente nueva. Las alumnas llegarían pronto al centenar y allá por 1978 cuando don Manuel Barbadillo entrevistó a medio pueblo y plasmó dichas entrevistas en su obra Sanlúcar de Barrameda 1978 el número de las alumnas había llegado a 406. 

El Ayuntamiento sanluqueño reconoció la benéfica labor de las Hermanas en la Ciudad y las nombró hijas adoptivas de la misma y, con posterioridad,  promovió un homenaje a Sor Ángela de la Cruz con plasmación en la rotulación de la Plazuela que está delante del convento con su nombre, y con la colocación de un busto de la santa, a la que las Hermanas contestaron agradeciendo tanta generosidad para con su Madre fundadora, por lo que en la sesión de la Comisión Permanente del Ayuntamiento de 10 de diciembre de 1970 se vio “escrito de las Hermanas de la Cruz dando las gracias por el homenaje que se proyecta tributar a la fundadora de la Compañía con la colocación de un monumento de la misma en la Plaza en que se encuentra situado el convento en esta localidad”. 

No era, sin embargo, un mero rosal benéfico lo que Madre había sembrado en la necesitada tierra de Sanlúcar de Barrameda. Era un rosal de Dios y, por serlo, un rosal de amor, de ascética penitencia y pobreza para, desde ellas, poder estar siempre y muy cerca de los más necesitados de la sociedad. Junto a las cruces de los hogares desfavorecidos se habían aposentado unas mujeres de Dios, próximas porque viven “instaladas en la cruz”, convirtiéndose, como cantó el joven poeta sanluqueño Fernando Romero Barrero en 2002, en:

 

“Templos del Amor mayúsculo,

procesiones de paz,

báculos de los pequeños,

ejemplos de santidad”.

 

Llegaron las Hermanas a la Ciudad sanluqueña, tan necesitada, tan distinta de la punta del iceberg que solía aparecer en los periódicos y revistas grandilocuentes de la época, con la lección bien aprendida. Ellas mismas eran la lección. Sor Ángela lo había dejado bien claro:

 

“La principal ocupación de la Compañía tocante a sus hermanos, será: primero, asistir a los enfermos en sus casas; esos enfermos que si se llevan al hospital se mueren más pronto, con una gran amargura; y si se les socorre y consuela sin apartarlos de sus hijos, la amargura se convierte en una dulce tranquilidad, y mueren dando a Dios pruebas de su agradecimiento”

(Escritos íntimos- 1875). 

 

Hizo ya un siglo de este testimonio vivo y plástico de la vivencia sin medianías de los valores evangélicos permanece en la Ciudad, asentadas como el primer día de su llegada en unas coordenadas inamovibles: oración, contemplación, austeridad, donación a los pobres y alegría, mucha alegría.


23/04/2016

  SAN FRANCISCO, POETA MÍSTICO


 

Francisco nació en Asís en 1182, hijo de un potentado mercader, Pietro Bernardone. Contando 22 años, y después de una molesta enfermedad, Francisco se centra en la reflexión profunda de la superficial vanidad de las cosas de la tierra, y es entonces cuando se produce en él una conversión, un enfocar su vida desde Dios y para Dios. “MI DIOS Y MI TODO” sería el lema que Francisco acuñaría para significar el sentido de su vivir profundo.

Con tales planteamientos vitales, el enfrentamiento con su padre no tardó en producirse. Francisco rompe con todo, vive durante un tiempo una auténtica vida eremítica  y, poco a poco, comienza a realizar acciones milagrosas en medio de sus convecinos, por lo que estos se sienten prontamente atraídos por su personalidad y por su forma de vida.

Hay un momento decisivo en su vida: febrero de 1209, Francisco escucha el pasaje evangélico del evangelista Mateo, en el que Cristo invita a sus discípulos a predicar el Reino de Dios con extrema pobreza, sin ser portadores ni de oro, ni de plata ni de cualquier otro signo de poder humano. Las palabras en este momento de la vida de Francisco le producen una convulsión interior y espiritual, que le conmina a vivir en pobreza total y, de esta manera, hacerse apostol de Cristo. Otros le seguirán en este itinerario religioso: Bernardo da Quintavalle, Pietro Cattani, Egidio De Asís, Chiara, quien  recibirá de Francisco el velo monástico y fundará la comunidad de las “Povere donne”.

En Junio de 1210 el papa Inocencio III aprobará la regla franciscana “solo verbo”, y la comunidad de los seguidores de Francisco comienzan a llamarse “hermanos menores”. Francisco desarrolla una vida de una actividad sin tregua, incansables viajes por Italia y por fuera de ella. En 1222 – 1223 Francisco escribe por fin su Regla, y en noviembre de este último año la Regla Franciscana es aprobada por Honorio III.

Poco después, en octubre del 24, y en el pequeño huerto de San Damiano, Francisco escribe EL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS. Muere poco después, el 4 de octubre de 1226.   

No hay duda que la palabra poética de Francisco hay que encuadrarla dentro de la tradición literaria de la Iglesia. El santo compuso algunos otros poemas diseminados, pero es en el breve CÁNTICO DE LAS CRIATURAS donde llega a una altura poética y mística digna de ser tenida en cuenta. Parece que Francisco ideó este poema para ser cantado.

Son bellísimas las cualidades que Francisco va depositando en las amadas criaturas de la naturaleza: el sol, “bello e radiante”; la luna y las estrellas, “clarite, e preziose e belle; el viento, “nubilo” e “sereno”; el agua, “umile” e “preziosa” e “casta”; el fuego, “bello” e “iocundo” e “robustoso” e “forte”. Todo ello tiene una tal fuerza poética que ciertamente las deficiencias compositivas quedan con mucho superadas  por la grandiosidad lírica de la acumulación de imágenes.

El tema no es original. Existía en la tradición lírica del patrimonio eclesiástico la invitación a las criaturas a elevar un cántico de alabanza al Creador. Incluso aparecen en ocasiones como los altavoces que nos trasmiten la inmensa gloria beatífica de Dios. Así en los salmos davídicos “Laudate Dominum de coelis” o “Cantate Domino Canticum novum”, o en el cántico “Benedicite omnia opera Domini Domino”, y en otros muchos.

Pero la originalidad de Francisco está en el tono nuevo, en el nuevo enfoque, en la nueva sensibilidad. Diríamos que en la tradición anterior, las criaturas eran objetos externos al poeta; en Francisco, las criaturas son parte de su propio yo, comparte con ellas una fraternidad universal, fraternidad de la que es el primer componente el mismo Dios. No existen realidades contiguas, sino partes integradas en un mismo Todo. Todo es bello, todo es armónico, de manera que hasta la criatura  “morte” participa de esta fraternidad universal. Y todo ello no es el compuesto de unas teorías cósmicas y filosóficas. Francisco no se mueve en el área del pensamiento, sino en la del sentimiento, es un sentir verdadero, vivido, que se hace realidad vivencial en su existencia terrena. Y no puede olvidarse por un momento el atrevimiento de Francisco, pues en la Edad Media las criaturas eran vistas y predicadas como seres temibles, por ser enemigas de Dios. Francisco realiza con ellas una nueva creación y diría que una nueva redención, pues en puridad las redime en su corazón, transformándolas en criaturas de Dios y hermanas del hombre.

Un nuevo sentimiento, una nueva forma de ver y sentir la vida, que inaugura Francisco; y también, lógicamente, unas palabras nuevas, renovadas, impregnadas de sensibilidades renovadoras se introducen en la rica lengua italiana. Hay en Francisco una perfecta simbiosis de santidad (con lo que esta conlleva de una visión eternamente nueva, enemiga radical del “vivir anclado en el pasado”, pues la vida nace cada día, y con ella el “Dios eterno y perdurable”), de belleza (destellos de la belleza divina) y el cántico (consecuencia lógica del sentir místico). La pobreza radical de Francisco se transforma en una riqueza esencial y para lo esencial. Le hacer ver todo con unos ojos nuevos, la tierra aparece como criatura fraternal purificada por la poesía.

 

 

    


20/04/2016

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