Colaboraciones ...

  

HOMILÍA DE NARCISO CLIMENT

VIII Centenario de la Fundación de las Hermanas Pobres de Santa Clara (1212-2012)

1º Día del Solemne Triduo

 

Mi querida Comunidad de Hermanas Pobres de Santa Clara Queridísimas Clarisas

Queridos hermanos y hermanas todos

 

         ¡Santa Clara: sabiduría, luz y sal!

 

         Sabiduría, luz y sal. Este es el itinerario de esta santa mujer y de sus hijas. Sabiduría, luz y sal. De la sabiduría, de la luz y de la sal nos ha hablado la Palabra de Dios en este primer día del Triduo. Dios, padre de amor, en un siglo difícil para la Iglesia, como fue el siglo XIII, como se decía en la primera de las conferencias de esta efeméride, constituyó a Clara en luz para un siglo de oscuridad, en sal para una sociedad a la deriva. Y Clara, agarrada a esa sabiduría misteriosa de Dios, supo ser. Ser en sí misma. Ser, en entrega a su enamorado Jesucristo, y este crucificado.

 

         Pero es que, además de aprender a ser, aprendió a serse, es decir, a ser para los demás, a entregarse a su amado y, en su amado, a toda la Iglesia. La Sabiduría, como nos acaba de decir la Palabra de Dios en la primera lectura, es una invitación al abandono de todo, para poder entrar en la radicalidad del mensaje de Cristo. En todos los santos, en todas las santas, como no podía ser de otra manera, en todos ellos se da la misma vivencia: dejar de ser en uno mismo, para poder ser en Dios. En cuanto estamos apegados a las cosas terrenales, a las realidades humanas, nuestra corta existencia se considera plena. Y ese sentirnos plenos en lo que es tan sólo un mero vacío nos impide acercarnos a la plenitud excelsa y extraordinaria que es Dios.

 

         Clara supo entender que tenía que abandonar su vida de miembro de una familia nobiliaria del Asís del siglo XIII. Ella vio la senda, la senda de Dios, marcada en el camino. Y ella supo acercarse a esa sabiduría. Supo buscar la sabiduría. Y ella comprendió que la única sabiduría válida para el hombre y la mujer de toda época es Cristo. Cristo es el centro, Cristo es el alfa, Cristo es la omega. Es la paz. Es el bien. Es la totalidad de la plenitud.

 

         Y Clara, siguiendo los pasos de Francisco, se agarró a esa sabiduría profunda que es Cristo. Clara supo desprenderse de todo aquello que podía constituir un apegarse a algo o a alguien. Clara supo vivir en la pobreza; la pobreza interior y la pobreza exterior. Como símbolo de esta realidad, lo contemplamos en la parte más elevada de este retablo, donde Francisco, como se hacía en las antiguas tonsuras, tonsura la cabeza de Clara. Corta todo el pelo de la cabeza de Clara, para que Clara tomase conciencia de que en ella la sabiduría se llamaba Cristo. La sabiduría no se llamaba belleza, ni se llamaba riqueza, ni se llamaba poder. Se llamaba Cristo. Desnuda de sí misma, quedaba revestida de Cristo

 

         Y Clara, enamorada de la sabiduría, busca la sabiduría… y la ve en Cristo. Cuando ella ve que la sabiduría es Cristo sigue un itinerario, que es el itinerario al que Clara nos invita hoy a nosotros. Este itinerario está constituido por unas etapas.

 

         La fundamental es conocer a Dios, conocer a Cristo. Nosotros podemos preguntarnos: ¿Conocemos nosotros a Cristo de una manera personal? Vamos al evangelio, a la noticia buena y nueva. En él nos ha dicho: “Así soy yo”. Porque muchas veces nosotros, en vez de conocer directamente a Cristo, conocemos lo que otra gente dice de Cristo. El único que puede transmitir quién es Él es Él. Y Clara se da cuenta de que necesita el contacto directo con Cristo, la proximidad a Cristo, el hablar con Cristo, la oración silenciosa no sólo en la capilla y en el claustro, sino la oración silenciosa siempre arraigada en lo más profundo de su corazón y de su voz.

 

         Cuando Clara va conociendo a Cristo, Clara va intimando con Cristo. Del conocimiento viene el amor. Del conocimiento viene el encuentro. Del conocimiento viene la compañía. Y de la compañía viene la contemplación. Clara, en un siglo tan bélico como el siglo XIII, es una contemplativa. Nosotros podemos caer en el error en el que cae mucha gente que valora exclusivamente la actividad samaritana  de la Iglesia en medio del mundo. El dar de comer, el dar de beber, el vestir. Y eso realmente es a lo que nos llama Jesucristo el Señor, pero no podemos perder de vista que la Iglesia no es una ONG, sino algo más profundo, más interior, más trascendente. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. En ese Cuerpo Místico de Cristo todos sus miembros tienen una función; cada uno de ellos la ha de desempeñar. Y en este Cuerpo también hay quienes dedican toda su vida a la oración, al encierro de por vida, a la contemplación, a la adoración de Cristo Eucaristía; y de ellos, de su entrega y generosidad, recibimos los que estamos en la calle una fuerza motriz, la fuerza que se nos da, que se nos injerta de la savia de Cristo que nos llega a través de la oración y que da sentido y fecundidad a las obras y compromisos humanos.

 

         Clara se dio cuenta de que Cristo no era una idea, que no era una utopía, que Cristo era una realidad. Y no sólo una realidad para el mañana, cuando llegue el momento de la Parusía, sino una realidad para el hoy, para el presente. Por eso, esa devoción tan profunda que Clara tenía, como diría un poeta barroco del siglo XVII, “cuna y sepultura”, abarcaría todo su espacio vital.  Porque la vida de los humanos está marcada por el nacer y por el morir. Y ella fue devotísima del belén, del Niño que nace, que crece, que se hace hombre en un ambiente de pobreza, en ambiente de humildad, en ambiente de sencillez. Y Clara se adapta a la cruz, porque sabe que la cruz de Cristo, de ese Cristo hombre y Dios muerto en la cruz es la única capaz de traer a la sociedad la paz y el bien. Agarrada a Cristo desde el belén hasta el calvario.

 

         Este amor de Clara a Cristo la lleva al convencimiento de que toda su vida ha de ser una vida cristocéntrica. Fijaos que muchas veces nosotros nos equivocamos. Y así nos va desgraciadamente en ocasiones la vida. Nuestra vida no tiene otro centro, no tiene otro centro que Cristo. Nosotros somos cristocéntricos, hemos de estar siempre tras Cristo, con Cristo, en Cristo y como Cristo. Hemos de seguir siempre a Cristo. Nosotros no pertenecemos ni a X ni a Z, ni a Pedro, ni a Apolo, ni a Pablo, ni a nadie; sólo somos de Cristo. Nuestra vida tiene que ser cristocéntrica. Nuestras reglas, nuestros principios, nuestros decretos son en la Iglesia sólo y exclusivamente el Evangelio de Cristo, la Palabra de Cristo. Tenemos que ir a la fuente, a la fuente verdadera, no a las explicaciones que nos puedan dar de las fuentes, sino leer las fuentes. Así nos enamoraremos de Cristo. Llegaremos a una vida contemplativa con Él, porque, a diferencia de nuestras conversaciones, que muchas veces están llenas de palabrerías vacuas, el encuentro con Cristo será tal vez tan sólo una mirada,  una mirada en la que en unas ocasiones pedimos perdón, una mirada en la que adoramos al Señor, una mirada en la que a veces pedimos ayuda, y una mirada en la que solamente estamos acompañando a aquel que es el sentido de nuestra vida.

 

Por eso, Clara descubrió, con este enfoque cristocéntrico de su vida, que el sentido de la vida del cristiano es la Eucaristía. La vida de Clara está llena de anécdotas relacionadas con la Eucaristía, pero por encima de las anécdotas ella en la Eucaristía veía a Cristo. Ella estaba enamorada de Cristo eucarístico. Y, al estar enamorada de Cristo eucarístico, no necesitaba nada más. Ahí es donde tiene sentido abrazarse a la pobreza. La pobreza no es la vivencia de la pobreza por la mera pobreza, es una pobreza por desprendimiento de uno mismo, para que Dios entre en nosotros; y para poder compartir lo que tenemos con los hermanos necesitados. Cuanto menos de nosotros mismos, más de Dios.

 

Mis queridos hermanos, mis queridas hermanas, las contemplativas y los activos, para decirlo de alguna manera, todos estamos llamados a ser Luz y Sal. Para ello la opción de Clara  es para nosotros clarificadora. Si nosotros nos agarramos a Cristo, si somos devotos de la Eucaristía, si valoramos la pobreza por encima de todo, estaremos en la senda que abrió Francisco, continuó Clara, y hoy siguen sus hijas en todo el mundo, haciendo un gran bien para toda la sociedad. Clara, llevada por la sabiduría de Dios, supo ser luz y sal. El camino está abierto.

 

Termino con una pequeña oración a Clara de Asís:

 

Clara de Asís,

 tú fuiste sal y luz

en el oscuro siglo XIII,

intercede por todos nosotros

 para que lo seamos

 en esta nuestra época tan difícil.

Que así sea.

 

 


25/06/2012
Autor: VIII CENTENARIO FUNDACIÓN HERMANAS CLARISAS

  

 

 

 

 

 

 

 

Cuento de Navidad 2015. 

 

 

 

*Para los niños y niñas de catequesis.   *Y para mi querida parroquia de

              Ntra. Sra. del Carmen.

“No encontraron sitio

en la posada”

                                               (Evangelio de San Lucas, 2,7).  

      

                                         

      

Había sido un día bastante ajetreado. María y José estaban muy contentos, sobre todo con la visita de los niños. Pero también es verdad que deseaban que se apagaran las luces del Portal y que se cerraran las puertas de la Iglesia, porque el Niño tenía que descansar de tanto villancico y tanto ruido. No sólo el Niño, también sus padres, los pastores, los reyes y las lavanderas necesitaban estar un ratito a solas.

 

       Ahora, a la luz de la hoguera, comentaban lo sucedido durante la jornada, porque a ellos no se les pasaba nada por alto, especialmente a María.

 

-José ¿Te fijaste en aquella madre con los dos niños pequeños?

-Pues… La verdad es que no lo recuerdo. Ten en cuenta que paso todo el día de pie agarrado a la vara y con un terrible dolor de espalda.

 

       María suspira y sonríe, moviendo levemente la cabeza. (¡Tan distraído como siempre! piensa).

 

-Se llama Lía, su marido es pastor, pero, sin saber cómo, las ovejas, la lana y el queso ya no le dan para mantener a su familia y pagar el alquiler. Dentro de pocos días no tendrán dónde vivir.

-¿Y…?

-No, nada. Lo decía por hablar de algo.

 

       María canturrea, va de una esquina a otra del Portal contando los pasos, midiendo con una cuerda de pared a pared y deteniéndose de vez en cuando con gestos afirmativos.

       De pronto:

 

-José, estoy pensado que…

 -(¡¡Lo sabía, me lo veía venir!! Dijo él para sus adentros).

 

       María se sentó a su lado y:

 

-Vamos a ver, ¿Tú crees que al Niño le da igual que otros niños no tengan dónde dormir? ¿Se va a sentir a gusto aquí calentito, mientras ahí fuera pasan frío? ¿Qué va a pensar de sus padres si no hacemos algo? ¡Eh! ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo es posible que haya personas tan egoístas capaces de provocar tanto sufrimiento?

-¡¡¡Eso mismo digo yo!!! (Está hablando José, muy enfadado) ¡¡¡Pero ya me estoy cansando!!!... Y esto va a seguir así hasta que algún día me levante y… les diga en su cara que son unos atracadores y… que venden los ladrillos como si fueran lingotes de oro y… que se han buscado un artilugio para sacar dinero de las ranuras sin tener que trabajar y… que sólo se diferencian de los piratas por sus palabritas finas, sus modales educados, su colonia de marca y sus promesas de un mundo mejor.

¡¡¡Qué digo algún día!!! Ahora mismo me levanto y…me van a oír  y…

-Para, para, José. Cálmate, que luego se te sube la tensión. ¿Sabes lo que vamos a hacer? Pues…pbssss…pbssss… pbsss… pbsss… pbsss…

 

       Mientras María le susurra sus planes en voz baja, se oye de vez en cuando:

 

-¡Pero, mujer...! ¿Y cómo nos vamos a arreglar...? ¿Y qué va a pensar la gente…?

 

       Por fin, José, sin mucho convencimiento, pronuncia un:

 

-Bueeeeeeno…

-¡¡Sabía que lo comprenderías!! ¡¡Que te entusiasmaría la idea y que dirías un sí rotundo!! ¡¡Eres un pedazo de pan!! Cuando la gente se entere de esto te va llamar santo: ¡¡San José Bendito!!

 

       Aquella noche hubo un poco de lío en el Portal. Dos mujeres hablaban de cómo distribuirse el trabajo de la casa, y dos hombres pensaban la forma de que no faltara a la familia el pan de cada día, mientras los niños correteaban a las gallinas y espantaban a las ovejas.

       Los ángeles habían tenido que pedir a Dios más Ángeles de la Guarda de refuerzo, pero se les veía muy felices con el cambio.

       Melchor dijo:

 

-Yo no entiendo nada.

 

       Y Baltasar le respondió:

 

-¡Ay, querido colega! ¡¡Los años!! ¿No te das cuenta? Ahora sí que estamos seguros de que éste es el Niño que hemos estado buscando en nuestro largo viaje.   

     

Por la mañana, cuando se abrió la iglesia, se encendieron las luces y comenzaron a sonar los villancicos, Lía y Samuel, su esposo, estaban un poco nerviosos, porque se habían convertido en el centro de todas las miradas:

 

-¡Mira, abuelo! ¡Hay otra señora en el Portal! ¡Y otro hombre, además de San José! Y mira, el Niño está en el suelo jugando con otros niños. ¿Qué ha pasado?

-Son las cosas de Dios, hija. Él es así.

 

       Sentados junto al Nacimiento, el abuelo fue explicando a su nieta todos los detalles. Ella se sentía muy orgullosa de que la Virgen, San José y el Niño fueran tan buenos.

Pasó mucho rato observando a María, que parecía distraída en su costura. Y en ese idioma misterioso con el que se comunican los corazones le dijo que eran la familia más maravillosa del mundo y que ella les daba las gracias porque se habían portado muy bien.

La Virgen le respondió con una leve sonrisa, bajó de nuevo la cabeza y volvió a su labor.

       Mientras salía de la mano de su abuelo el corazón le saltaba de alegría dentro del pecho. 

 

Y un coro de ángeles cantaba:

                  

Gloria a Dios en el Cielo

Y en la tierra Paz a los hombres,

Porque Dios los ama”.

 


                               FELIZ NAVIDAD                                      José Palomas Agout, párroco.


*Según datos del Banco de España, 26.500 familias fueron desahuciadas en los primeros seis meses de este año.

*El 30 de Noviembre, Cáritas celebró el Día de los Sin Techo con el lema: Por una vivienda digna. Nadie sin hogar.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


10/12/2014
Autor: JOSÉ PALOMAS AGOUT

  1652. UN AÑO DE CRISIS EN SANLÚCAR DE BARRAMEDA

 

 

 

 

A mediados del siglo XVII, la monarquía hispana se encontraba en una situación desastrosa, tanto a nivel interno como externo. Movimientos claramente insurreccionales en Portugal, conspiración del duque de Medina Sidonia, rebelión de los catalanes, se mezclaban con catástrofes como la epidemia de peste de 1647-1654, malas cosechas, climatología adversa, etc. Y tampoco podemos olvidar las alteraciones monetarias que tanto perturbaron la economía, sobre todo desde que en noviembre de 1651 se ordenara la cuadruplicación del vellón, debiendo ser reselladas todas las monedas para indicar su nuevo valor, con el fin de que la Hacienda Pública lograra incrementar sus menguadas arcas, pues la diferencia de las tres cuartas partes pasaba a beneficio de la misma.

      En esta sombría perspectiva del reinado de Felipe IV, se enmarcan las llamadas alteraciones o motines andaluces, los cuales salpicaron al sur peninsular a comienzo de la década de los cincuenta, y que tuvieron sus principales núcleos en Córdoba y Sevilla. Estudiados por don Antonio Domínguez Ortiz en varias de sus obras[1], nosotros nos proponemos analizar sus repercusiones, especialmente, en Sanlúcar de Barrameda, pero también en Jerez de la Frontera y en El Puerto de Santa María, tomando como punto de partida los informes que proporcionan los Libros de Actas Capitulares de los correspondientes cabildos.

      El motín de Sevilla, también conocido como el de la calle Feria, comenzó en mayo de 1652, como una protesta contra el alza del precio del pan y los excesivos tributos. Hubo, incluso, derramamiento de sangre y una toma del poder en la ciudad, ante la ausencia de la autoridad legítima; sin embargo, a mediados de junio, el orden se restableció y los representantes del rey se hicieron con el control del municipio, mientras que los principales instigadores sufrían una brutal represión.

      Estos incidentes repercutieron en las poblaciones gaditanas. Así en el cabildo portuense, el 24 de mayo de ese mismo año, se recibió la noticia de los tumultos ocurridos en Sevilla por la falta de pan[2]. El Duque de Medinaceli, señor de la villa, pidió que se acudiera en su socorro con trigo, pero los regidores de El Puerto se negaron a hacerlo, pues hasta la siguiente cosecha la villa sólo contaba con 800 fanegas, o sea lo necesario para algo más de una semana.

      La carestía era generalizada, como también se comprueba en Jerez de la Frontera, donde un día después, el cabildo hizo constar la necesidad de traer trigo desde Cádiz para abastecer la alhóndiga local, a pesar del elevado precio, pues se compraron 100 fanegas a setenta reales cada una[3]. Y en ese mismo día, el cabildo sanluqueño dejó anotado en sus libros de Actas una pormenorizada descripción de los alborotos sevillanos y cordobeses[4], además de acordar ante la falta de suministro de cereal que, en tiempos normales, traían los arrieros desde la campiña jerezana, Arcos, Utrera, Osuna y otros lugares de “la tierra adentro”, que se comprara todo el que los arrieros pudieran traer para que los panaderos amasaran pan todos los días y así no se alterara la tranquilidad pública. Para poder pagarlo se acudió a los caudales públicos de monedas de vellón que el Ayuntamiento tenía depositadas en las cajas del Pósito. El objetivo era conseguir un precio bajo para el pan, producto alimenticio de primera necesidad. Asimismo, se acordó enviar dos regidores a la vecina Jerez para comprar trigo.

      Parece que realmente estas ciudades estuvieron en paz y lo único que se desprende de la lectura de las actas es el miedo y el recelo a que la revuelta se propagara. El día 29 de mayo, se buscaron a los culpables del motín sevillano por los alrededores e, incluso, en las mismas calles de Jerez, pues se temía que se hubieran escondido por estas tierras para huir del castigo[5], y aunque las fondas, pensiones, arrabales y campiñas de la ciudad fueron inspeccionados, no se encontró a ninguno de ellos.

      La gran preocupación era conseguir trigo como fuese, con un celo especial en que la competencia de otros mercados no terminase por dejar desabastecidas a estas ciudades. Así sucedió en Sanlúcar, donde el 30 de mayo entraba en su puerto una nao cargada de trigo gallego con destino a los presidios de Ceuta, -un hecho que los regidores consideraban como un milagro-. Las apetencias de Sevilla y de El Puerto de Santa María se despertaron ante la carga del cereal, pero el cabildo local acordó retenerlo[6] e insistió en la necesidad de comprar más. El 3 de junio, un mercader sanluqueño, de nombre Santos Paz, envió una carta desde El Puerto de Santa María en la que avisaba de la llegada de un navío cargado de trigo a Cádiz, y del que ofrecía remitir mil fanegas para el sustento de los vecinos[7]. Hay que tener en cuenta que el consumo diario era muy elevado, pues los panaderos necesitaban, cada uno, una media de 50 fanegas[8]. En Jerez, mientras tanto, el cabildo acordó el 1 de junio comprar con el dinero del Pósito 1.000 fanegas de trigo para pan[9].

      El día 7 de junio, próxima ya la cosecha, parece que los ecos de las algaradas estaban ya totalmente apagados. Desde Sanlúcar, escribieron al rey para dar cuenta del estado de sosiego en que había permanecido la ciudad[10], y en esa misma fecha, en Jerez, ante “los grandes insultos… que de la gran carestía del pan que a abido en esta Andalucía” se decía que, a pesar del hambre y de la escasez, no se había producido ningún tumulto y que “por la misericordia de Dios… se aya ya con una cosecha muy abundante y su alhóndiga muy probeyda de trigo nuevo y viejo[11]. Al mismo tiempo, se felicitaba a los regidores encargados de la distribución del trigo por su recto proceder y la sabia medida de bajar los precios en los peores momentos de finales de mayo.

      No queremos dejar de trasladar aquí un importante testimonio de esta conflictiva situación como es la carta que  don Pedro Carrillo de Guzmán, gobernador de Sanlúcar, escribió el 26 de mayo al rey, dando cuenta de cómo la ciudad permanecía sin alteración alguna a pesar de la crisis general[12]. En ella insistía en que se habían tomado las medidas necesarias para asegurar la abundancia de pan a bajo precio y se había asegurado la custodia del juez de contrabando, el cual estaba amenazado de muerte; asimismo, se había convocado a las personas de más autoridad en la población para que vigilaran el orden de los barrios y, especialmente, en la calle Bolsa, lugar de reunión de pícaros y truhanes. El 9 de junio[13], el gobernador manifestaba que, gracias a la nueva cosecha, había trigo abundante y barato, pero que por temor de la baja de la moneda se había retraído el comercio de tal forma que apenas si aparecían mercancías.

      Pero la falta de trigo y el alto precio del pan no eran la única causa de la crisis que se vivía en Andalucía y en otros reinos de la monarquía. No podemos olvidar el efecto devastador de la epidemia de peste que asoló la península entre 1647 y 1654, o la inestabilidad política que tuvo marcada resonancia en Sanlúcar de Barrameda con la conspiración del Duque de Medina Sidonia[14], y la posterior incorporación de la ciudad a la Corona, estudiada por Domínguez Ortiz, quien concluye que la misma vino a trastocar toda una amplia red de relaciones comerciales auspiciadas por los duques –incluso algunas ilegales como el contrabando- y supuso, además, un aumento de la presión fiscal sobre los habitantes de estas tierras. Junto con estos acuciantes problemas, hay otra cuestión que tampoco podemos obviar, como es la continua depreciación de la moneda, de tal forma que se multiplicaron las de vellón con el objetivo de mantener en el país un alto nivel de circulación monetaria, aunque esto supusiera asignar a la moneda de cobre un valor similar a la antigua de plata[15]. El 8 de julio de ese mismo fatídico año de 1652, el cabildo portuense[16] daba cuenta de cómo el 25 de junio el rey había publicado una real pragmática por la que se reducía el valor de cada pieza de vellón grueso de 8 maravedíes a 2 y que mandaba que las ciudades y personas que adeudaran alguna cantidad pagaran ya en el nuevo valor.

      A pesar de haber superado la crisis de la falta de trigo, los sanluqueños, acostumbrados a la otrora próspera actividad mercantil de su villa, comenzaron a vivir una de las consecuencias más nefastas de la incorporación a la corona. Muy lejos estaban ya los tiempos de tráfico continuo por la ciudad señorial de los Medina Sidonia cuando la visitaban comerciantes de toda Europa y toda suerte de productos arribaba a su puerto.

 

Manuel Toribio García.

Sanlúcar de Barrameda, Gráficas Santa Teresa nº 30, 1994.

 



[1]  Alteraciones Andaluzas. Ed. Narcea, Madrid, 1973. Sociedad y mentalidad en la Sevilla del Antiguo Régimen. Biblioteca de temas sevillanos, Sevilla, 1979.

[2]  Archivo Municipal de El Puerto de Santa María. Libro de Actas Capitulares de 1652, folio 38 recto.

[3] Archivo Municipal de Jerez de la Frontera. Libro de Actas Capitulares de 1652, folio 144 vuelto y ss.

[4]  Archivo Municipal de Sanlúcar de Barrameda. Libro de Actas Capitulares de 1652, fol. 145 r y 146 v.

[5]  AMJF. Doc. cit, fol. 152 v.

[6]  AMSB. Doc. cit. folio 147 r.

[7]  Ibídem. Fol. 250 r.

[8]  Ibídem. Fol. 248 r.

[9]  AMJF. Doc. cit. fol. 154 r.

[10]  AMSB. Doc. cit, fol. 252 v.

[11]  AMJF. Doc. Cit fol. 160 r.

[12]  DOMÍNGUEZ ORTIZ, A: “La incorporación a la corona de Sanlúcar de Barrameda”. Archivo Hispalense nº 147-152, Sevilla 1968, págs... 215-231.

[13]  Ibídem.

[14]  RODRÍGUEZ DE LEÓN, R: “¿Un suceso independentista en la Andalucía barroca?”. El Barroco en Andalucía, Tomo II. Universidad de Córdoba, 1984, págs. 185-194.

[15]  VILAR, P: “Oro y moneda en la Historia”. Ed. Ariel. Barcelona, 1972, págs. 329-330.

[16]  AMEPS. Doc. cit, fol. 141 r.


16/05/2015
Autor: MANUEL TORIBIO GARCÍA

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